De repente soy pequeño. Diminuto. Avanzo entre las sabanas, donde cada pliegue es una colina para mi. Llego a tus pies, suaves y pequeños, que altos se ven desde abajo. Los escalo como puedo y una vez arriba bajo por ellos deslizándome hasta tus finos tobillos. Sigo como si de un funambulista se tratara hasta tu rodilla, jugandome caer al vacío. Cuando llego a tus rodillas ya puedo ver, en el horizonte, la silueta de tu vagina. Parece mágica desde aquí. Cojo el bote mas cercano y me echo a navegar por tus caderas, sintiendo cada curva, y llegando hasta tu cintura, tan pequeña y bonita.
Camino por tu vientre, terso y plano, casi como si caminara por el mismo cielo. La superficie se mueve, guiada por tu placida respiración de dormida. Llego a tus enormes pechos. Perfectos, blandos, majestuosos. Tengo que descansar unos segundos, debido el extasis, por el cual perfectamente podría contraer síndrome de Stendhal, solo con ver esas montañas a mi paso.
Camino entre ellas para llegar a descubrir mi objetivo. Allí, al fin, veo tu rostro, igual que el de un ángel dormido. Respirando plácidamente y sin apenas movimiento. Me acerco a tu oreja y te susurro “Raquel!” De repente abres tus grandes ojos negros y me miras entre la oscuridad. Yo vuelvo a ser grande de nuevo, y estoy durmiendo a tu lado. Me dices “No vas a creer lo que acabo de soñar, salias tú!” “No tengo ni idea” te respondo, sonriéndote.